SI LES EVITAMOS EL SUFRIMIENTO,LES ROBAMOS LA CONFIANZA
Hace veinte años que escucho gente. Hace quince que doy cursos. Me dedico al desarrollo personal: me formé en Coaching, Constelaciones Familiares, Terapia Sistémica, Enfoque Transpersonal y Neurocounseling Contemplativo. Y hay algo que hace unos años no me deja en paz.
Veo adultos de 28, 30, 35 años abrumados por tener que postergar una gratificación en nombre de un proyecto. Angustiados porque todavía no encuentran "el trabajo que les gusta". Y veo, del otro lado, a hombres y mujeres de más de 65 agotados y estresados, cuando ya deberían estar disfrutando de más liviandad.
No lo digo como crítica vacía. Lo digo desde el amor por el desarrollo humano, y desde el asombro de ver tanta fragilidad en los nuevos adultos.
Si lo miro desde lo sistémico, quizás venimos de hombres y mujeres atravesados por guerras y hambrunas. Eso los forjó duros. Y nosotros, la generación que le tuvo miedo a sus padres y después a sus hijos, quisimos evitarles todo sufrimiento. Es como si, cuando empezaron a caminar, hubiéramos salido a alfombrar la ciudad entera.
Resultado: hijos con poca confianza en sí mismos.
Lo que no se ve a simple vista
Fijate lo que pasa. Una generación sobrevivió a la escasez y prometió: "mis hijos no van a sufrir lo que sufrí yo". Una promesa hermosa. Pero tiene letra chica.
Cuando le sacás al otro todas las piedras del camino, también le sacás la prueba de que puede con ellas. Y la confianza en uno mismo no se hereda ni se explica: se fabrica con experiencias de "esto me costó y pude".
Por eso hoy vemos personas inteligentes, preparadas y con buenas intenciones que se paralizan ante la primera frustración. No es falta de ganas. Es falta de entrenamiento.
Del otro lado están los padres. Muchos siguen resolviendo, sosteniendo y ayudando económica y emocionalmente a hijos que ya son adultos. Siguen en guardia cuando ya les tocaba aflojar.
Es un círculo que se retroalimenta: cuanto más sostienen, menos se animan los hijos a caminar solos. Y cuanto menos caminan solos, más sienten los padres que no pueden soltar.
Nadie tiene la culpa. Todos hicieron lo mejor que pudieron con lo que tenían. Pero entender no es justificar: ver el patrón es el primer paso para cortarlo.
Soltar no es abandonar
Soltar no es dejar de querer. Es confiar. Es decirle al otro, con hechos: "Creo que podés".
Y es incómodo, porque implica mirar cómo se tropieza sin correr a levantarlo.
Quizás el mejor regalo que podemos darle a un hijo adulto no es resolverle la vida. Es darle el lugar para que la viva.
¿Y si el amor que no deja tropezar es, en el fondo, una forma de desconfianza?
Marisela Fortuny 💎 • Disciplinas para el Bien Vivir
Facilitadora Sistémica y NeuroContemplativa
Humanista · Transpersonal · Sensible al Trauma




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